1ro de Mayo 1956.
Eran las 10 de la noche en mi oficina nueva. Todo el piso estaba silencioso, la falta de movimiento me hizo dar cuenta que todo el edificio recién construido también estaba vacío. Sacaba los libros de sus cajas cuando escuché las puertas del elevador abrirse, seguidas de unas pisadas firmes. El eco de los tacones me dió una idea de quien estaba a punto de entrar por mi puerta. La imagen que se atravesó por mi mente fue corroborada al ver la silueta por el vidrio corrugado que nos separaba. Sin tocar, abrió la puerta de par en par y la mujer se quedó parada por unos instantes en los bordes de la oficina que aún olía a pintura fresca. Su perfume de gardenias confundió mi olfato y no pude descifrar lo que realmente emanaba su piel. Con mi mano derecha le indiqué la silla que se encontraba del otro lado del escritorio, ella sonrió y sus dientes iluminaron todo el lugar. Se quito su gabardina y la colgó junto con su sombrero en el perchero; ahí pude ver su entallado vestido rojo. Se sentó y en un instante cruzó las piernas, fue muy sútil pero noté el cuchillo que escondía en sus muslos. Aún no estoy segura si me dejó ver su entre pierna como amenaza o simplemente mis sentidos me advertían.
—Morgana Marvolio, fue muy complicado encontrarte—, la mujer rompió el silencio. Su peinado levantado dejaba apreciar con ferves su cuello largo, podía sentír como bombeaba su yugular.
—La discreción es mi especialidad. ¿Con quién tengo el gusto?— le pregunté.
—Por el momento mi nombre no es importante. Requiero sus servicios para encontrar a alguien que es de alta importancia para mi asociación. Acudo a usted porque sé de buena fuente que no hace preguntas. Además su rapidez y eficacia la preceden—. Deslizó un folder amarillo por el escritorio. Al abrirlo descubrí fotos tomadas desde lejos de un hombre con el ceño fruncido y boca colgada. Por su vestimenta y postura parecía de esos sujetos que son poderosos, influyentes que operan tras bambalinas; del tipo que mueve compañías privadas y posee partidos políticos. Al regresar mi mirada a la mujer, noté su escote, sus clavículas pronunciadas. Sus manos huesudas deslizaron un maletín lleno de fajos de billetes. La cantidad exorbitante de dinero me dió a entender que no solo quería que localizara a dicho individuo. —Esto es solo la mitad de la remuneración. Regresaré aquí en 24 horas con la otra mitad. Espero que para entonces haya eliminado al objetivo—. Tomó sus pertenencias y dejó la puerta abierta, así pude notar como contoneaba su cuerpo al caminar; como cuando un barco se hunde con tales vaivenes del mar.
Tenía más que suficiente tiempo para terminar el trabajo. En mi larga carrera como detective no me tomaba más que un par de horas para localizar mi objetivo. En esta ocasión había algo misterioso y no podía adivinar que era, creí que la confusión solo era hambre. Me dirigí a la Central de Abastos para vaciar al menos un animal. El problema con chupar humanos era que su sangre siempre estaba contaminada de recuerdos y rencores. En cuanto mi lengua probaba las primeras gotas, sus miedos, ansiedades llenaban mi sistema de angustia innecesaria; además los humanos no poseen tanta sangre como una vaca.
Eran las dos de la mañana y la ciudad dormía plácidamente, me desplazaba por las calles sigilosamente. Tenía todos mis sentidos despiertos, alertas. Apesar de que la población se había multiplicado ya a tres millones de habitantes, solo era cuestión de tiempo escuchar algo que me dirigiera al paradero de mi objetivo. He caminado entre las sombras desde hace tantos siglos que las cosas han dejado de tener color, importancia. Me había dado el gusto de ser la villana que aparecía en la noche y aniquilaba a toda una comarca en menos de un mes. Había ayudado en guerras a debilitar el espíritu del enemigo. Inclusive, me dí el gusto de dormir por cien años y perderme en el olvido. Quisiera decir que he sentido soledad al no percibir a muchos otros como yo en este nuevo continente, pero en realidad por mi naturaleza, no siento nada.
Los susurros de unos ciudadanos escupieron el nombre que buscaba, el carro que se dirigía al sur con tres personas me guió. Llegaron a una casa majestuosa, dos hombres abrieron los portones. Sigilosamente caminé por el techo de la casa y olí mis alrededores, la lluvia estaba a punto de inundar la ciudad. Me desplacé al balcón donde escuché que el sujeto leía un libro.
—Te estaba esperando, Morgana Marvolio. No te quedes allá afuera. Pasa, te vas a mojar—. Una voz grave me invitó a entrar. El estudio estaba repleto de libreros que alojaban papiros, libros que parecían más antiguos que yo. —¿Acaso pensabas que eras la última de la familia?— me preguntó el hombre. Me paré a unos metros de él, mi saco tenía un par de armas para este tipo de ocasiones. —¿Crees que puedes aniquilarme a mí? He estado en esta tierra más siglos que tú. He peleado desde Las Cruzadas—. Su voz se convirtió en grito, sus labios escupían entre palabras. Me aventó su libro y se me abalanzó con colmillos y garras, listos para dar el ataque mortal. Los dos caímos al piso, él encima de mí, sus ojos rojos de rabia y dolor penetraron mi alma. Mi estaca penetró su corazón. Trató de articular pero la muerte no le dejó terminar su mensaje. Escuché súbditos correr por las escaleras, al abrir iban a encontrar a su amo sin vida en lo que yo me dirigía a mi morada. Claro que sabía que aún habían otros, solo que no esperaba que mi objetivo fuera uno.
Sentía agitación, no estaba segura si era por haber matado a uno de los míos. ¿Acaso la inquietud fue por volver a verla?Me encontraba de pie a lado del escritorio cuando atravesó la puerta. Esta vez no se molestó en quitarse su gabardina, puso el dinero en el piso cerca de mis tacones. Se encontraba tan cerca de mí que la tomé de la cara y sentí sus labios cálidos y carnosos. Fue revitalizante sentirla, su contacto humano me hizo sentir viva; como si sus labios me hubieran dado respiración de boca a boca después de haber estado bajo el agua por una eternidad. Fue fulminante lo que mi corazón sintió; como si cupido lo hubiera atravesado con una flecha. Sus labios se desprendieron de mi boca, me besaron la oreja y me susurró, —Mi nombre es Heliodora Venandi, Cazavampiros. Gracias por facilitar mi trabajo. Ahora tú eras la última en este continente nuevo—. Me acomodó en mi silla y besó mi frente. Mis ojos llenos de rabia y dolor trataron de penetrar su alma pero ya no estaba aquí. Mi sangre brotaba de mi pecho y ensució el piso limpio de mi oficina nueva. Mientras mi vida se me escapaba en cada respiro, alcancé a ver el cuerpo de Heliodora alejarse hacia el elevador. Aunque la gabardina la cubría aún pude ver el vaivén de las olas del mar.