La Noche Que Llegaron Por Mi

Tenía 21 años la primera vez que escuché a alguíen decirle ‘te amo’ a su madre. Más que sorpresa, sentí revulsión. La persona que me trajó a este mundo jamas usó esas palabras para referirse a sus sentimientos hacía mi. No sorpresa ahí. Si me conocieras, tampoco sentirías esa calidez en tu interior y hormigueo en tu estomago que hacen que cualquíer persona diga ‘te amo’. No, yo nací en otras circunstancias. Cuando llegué a este mundo casí le di muerte a la dadora de mi vida. En esa ocasión no fue aproposito, el procedimiento fue muy complicado, los especialistas le explicaron a la familia. Al salir de ese capullo sangriento y carnal me llevaron a los brazos de la persona que me dió la existencia. Tal vez es una tradición de este mundo para darle gracias a tu dador de vida. Sin embargo ella me vio, yo le devolví la mirada; su cara roja e hinchada de tanto gritar, las venas reventadas en sus ojos de tanto pujar, me vieron con un solo sentimiento: horror. No hubo abrazo en el que ella me dara la bienvenida a este mundo, ni gratitud de mi parte por traerme aquí. Me pusieron en una caja transparente, diminuta como yo. Todavía recuerdo el olor a sangre que emanaba mi piel, sangre que había recaudado de mi progenitora. El olor a hierro era la fragancia impregnada en la caja que me resguardaba. En esos días no estaba con la sabiduría que me correspondía, esa llegó unos años después. Solo actué con los instintos incrustados en mi cadena genética, información almacenada por millones de años de inteligencia.

Unos días después de mi encierro, abrí mis ojos diminutos y la ví de nuevo. Su mirada tan penetrante interrumpió mi sueño. Sus manos temblorosas abrieron la caja que me salvaguardaba y 

ahí fue la primera vez que sentí la calidez de sus brazos. Aún hoy claramente puedo escuchar sus latidos acelerados mientras bajaba velozmente las escaleras de emergencia. Unas cuantas gotas tíbias de su sudor me salpicaron la frente. Desde ese momento supe que me iba a proteger, no por amor, ese nunca lo ha tenido, solo por deber.

— Espero que con esto aprendas a que eso no se hace! — dijo mi madre mientras limpiaba mi sangre del cable de la plancha. A mis cuatro años de vida mi apetito se volvió intolerable. No había comida casera que saciara mi hambre. Una tarde calurosa después de que los demás niños descansaban en la sombra del árbol, me le avalancé al que papaba moscas. Como todo lo que hacía en esos primeros años, lo hacía por instinto; el hambre me controlaba. Mi tentáculo derecho le apretujó su cuello tierno y delicado. Mis tenazas derechas le aseguraron las manos para que no se pudiera defender. En ese entonces todavía no aprendía a soltar mis tóxinas venenosas de mis escamas. Por esa vulnerabilidad los demás niños pudieron agarrar mi cuerpo y desprenderlo de mi almuerzo fallido. 

— Ahorita vas a ver, pinche chamaca deforme— el niño más grande me gritó. No entendía mi fisonomía, el jamas había visto mi especie. Con todas mis caracteristicas letales que ahora poseo, en mi galaxia, soy de las especies más poderosas. 

—Agarrenlo!— otro niño gritó. Con temor, unos agarraron mis tencáculos y otros mis tenazas. Estaba rodeada. La sombra del niño más grande tapó el sol de mis ojos centrales. Con mi ojo derecho pude ver la roca que sostenía en sus manos. Poco a poco la subió a la altura de su cabeza, estaba lista para recibir el golpe mortal. 

—No!— escuché gritar una voz familiar. Mi ojo izquierdo se movió para ver la periferia y ví a mi madre correr hacía el bullicio. —Yo me encargo de el— la escuché decir. —Su monstruo casi se come a Jacinto— todos gritaron. —La vamos a acusar con mi papá— continuaron.

—Pinches chamacos arguenderos, que ya, no pasó nada— Mi madre me tomó en sus brazos y mis tentaculos le rodearon el cuello de una forma gentíl. Sentí su cuerpo pegajoso de sudor y la rapidez de su sangre corriendo por todas sus venas. 

—Hija de la chingada, ahorita vas a ver cuando lleguemos a la casa— me gritó. Yo solo pensé en la gratitud que sentí porque me salvó; ‘gracias’ repetí una y otra vez en mi cabeza. —De nada. Pero aún así, te voy a meter una chinga. Los niños so se comen. ¿Me oiste? — me dijo. Ahí fue cuando me dí cuenta que podía escuchar mis pensamientos.

Nos cambiamos de casa muchas veces, cada vez a lugares más remotos. Hasta que encontramos este lugar donde pude crecer y desarrollar mis habilidades. Estos bosques templados me dieron las ramas que me ayudaron a practicar mis marometas impulsadas por mis tentaculos. Aprendí a camuflajearme entre los matorrales. Aquí es donde me escondo y escucho a los campistas contar sus historias. Los veo interactuar, reír. Aquí es donde me como a sus perros.

—Ya que vengan por ti— mi madre siempre me dice. Yo no puedo esperar a que me lleven a otras galaxias. Cuestionarles porque me incubaron en esta mujer que llamo madre. El porque de dejarme varada en este planeta.

La noche que llegaron por mi, su pensamiento llegó a mi mente.—Para subir a la nave tienes que dar como tributo la sangre humana que te dió vida— 

Ella y yo nos miramos, mientras mi tenaza aprensaba su cuello; como esa primera vez que nuestras miradas se cruzaron cuando me trajo a esta vida. La presión de mi tenaza me hizo sentir como si su cuello fuera de mantequilla, facil de partir. 

La nave abrió sus puertas, me dieron la bienvenida seres identicos a mi reflejo —Este planeta te pertenece— me dijo uno que extendia sus tentaculos magestuosamente— Estamos listos para destruirlo— continuó. 

—Por el momento no lo quiero destruir, quiero ver como se destruye solo— les contesté. Después de todos estos años, he aprendido a ser venebolente con estas criaturas.